DANIELA
3ª edición
Sección: A Sotavento
Literatura
ESCRITORES EN DISCUSIÓN CON EL ANGELPor: Jorge Ariel Madrazo (Daniela, Argentina).- Los ángeles están de moda: hasta hay "angelólogos" que brindan su saber por módicos honorarios. Pero el tema no es nuevo. Véase, si no, las añejas relaciones de los escribas con el reino de estos seres alados. Antes y después de las memorables "Elegías" compuestas por Rilke en su peregrinar desde el castillo de Duino al de Muzot, muchos poetas y novelistas llegaron a intuir la poderosa presencia de los Ángeles, símbolos de una imposible pureza, proyecciones de lo incorruptible que anida en cada humano. Swedenborg, que algo sabía de estas cosas, afirmó en tono que no admitía réplica; "Los Ángeles poseen la forma del hombre, es algo que he observado mil veces...Son totalmente humanos, ya que tienen rostro, ojos, orejas, cuerpo, brazos, manos y pies." Por su parte, Anatole France describió con maniática precisión todas las intimidades de la legendaria Rebelión de los Ángeles, aquella celestial insurrección rematada en el descenso y escarnio de los bellos sublevados. El escritor francés se dejó fascinar por el exacerbado individualismo de aquellos espíritus enguerrillados contra Dios. Así, la misma seducción angélica que inspiró terrores metafísicos al gran poeta praguense, suele inspirar trozos literarios más irreverentes y jocosos. Ángeles desesperados El narrador norteamericano contemporáneo Donald Barthelme, autor de Guilty Pleasures y Unnatural Acts, entre otros textos de insolente desparpajo, también cree que los ángeles son un problema de nuestro tiempo. Sobre todo, desde que "la muerte de Dios dejó a los ángeles en una extraña situación. De pronto, se plantearon sobrecogidos una pregunta fundamental. Uno puede figurarse aquel momento, la cara que pusieron en el instante en que se vieron invadidos por la interrogación que inundaba la angélica conciencia con fuerza aterradora. La pregunta era: ¿Qué son los ángeles? Neófitos en interrogantes, no acostumbrados al terror, inexpertos en soledades, los ángeles se sintieron desesperados...", se ensaña Barthelme. En apoyo de esta disquisición, el narrador cita un opúsculo publicado en 1957 por Joseph Lyons, con el título de Psicología de los ángeles. Lyon explica allí cómo esos llameantes mensajeros "lo saben todo. Ningún ángel puede ser curioso. No puede asombrarse." Un ángel, entonces, no podría ser escritor. Lo que no impide a los escritores mantener con ellos disputas y pláticas dignas de un diálogo entre parientes. Un milagro de Caedmon Lo cierto es que cuando el hombre no sueña con ángeles es dado a imaginar monstruosos androides de características formidables. Gilbert K. Chesterton sucumbió a tal tentación al contarnos (How I found the Superman) su casual descubrimiento de un superhombre que se ocultaba dentro de una bohardilla completamente oscura. En su vana esperanza de echar alguna mirada al engendro, el narrador gana tiempo conversando con los padres de la extraña criatura, pero tampoco ellos le dan precisión alguna sobre el aspecto, cualidades, color de piel o timbre de voz de Superman tímido. Sólo le explican que sería ilusorio querer juzgarlo conforme a nuestras pautas y valores. Visto desde su propio plano, insisten, "es más bello que Apolo, aunque desde nuestro plano inferior..." Lo más que logra el relator, al cabo de su vigilia, es sorprender a unos hombres que sacan de aquel cuarto un ataúd de formas grotescas. Jorge Luis Borges recuerda, con su prudente fervor, lo sucedido al pastor Caedmon, a fines del siglo VII, en la Inglaterra guerrera de los reyes sajones. El caso, asevera, figura en la Historia ecclessiastica gentis Anglocum, IV, 24: Caedmon nos dice se escurrió cierta vez de una fiesta porque previó que le pasarían el arpa y no sabía cantar. Se echó a dormir en el establo, y en el sueño alguien lo llamó por su nombre y le ordenó que cantara. Caedmon contestó que no sabía hacerlo pero el otro, el ángel, insistió: "Canta el principio de las cosas creadas". Caedmon, entonces, entonó versos bellísimos que jamás había oído. No los olvidó y, al despertar, pudo repetirlos ante los monjes del cercano monasterio de Hild. Años después, el pastor Caedmon, convertido ya en un juglar célebre, "profetizó la hora en que iba a morir y la esperó durmiendo. Esperemos que haya vuelto a encontrarse con su ángel", se ilusiona Borges. El hombre y su duende Herman Hesse, nacido el 2 de julio de 1877 en Wutermberg "bajo el signo de Sagitario y la benévola influencia de Júpiter, a la hora del crepúsculo", según enseña él mismo en su compendio bibliográfico, aprendió muy pronto a relativizar la dictadura de la llamada "realidad". Iniciado en las artes de la vida por "manzanos, por lluvias, ríos y bosques, abejas y escarabajos", tuvo también desde muy pequeño un ángel propio. "Era una criatura diminuta, oscura y sombría, un hombrezuelo, espíritu o duende, ángel o demonio, que se me aparecía de pronto y me precedía, en sueños o despierto, y a quien yo tenía que seguir más que a mi padre y mi madre, más que a mi razón y que al miedo. Si un perro bravo o un compañero furioso y mayor que yo me perseguía y mi situación era difícil, entonces, en el peor momento, el hombrecillo estaba allí, corría delante de mí, me señalaba el camino y me salvaba. Hubo épocas en las cuales lo vi diariamente. Hubo otras en las que estuvo ausente. Estas últimas no fueron buenas: todo se volvía mediocre e impreciso, nada progresaba". Lo angelical, lo superior, lo demoníaco, lo canallesco y oscuro, todo es lo mismo, todo está contaminado, Ormuz y Arisman se reconciliarán al final de los tiempos turban al hombre de hoy acaso tanto como al de la antigüedad. Todo gran creador refleja y traduce esos impulsos contrarios. Roberto Godofredo Christopherson Arit --Roberto Arit para sus fieles que son muchos-- retrató como pocos las infinitas humillaciones y degradaciones de hombres y mujeres torturados por la tristeza y por el dolor que "como uno de esos arbustos cuyo desarrollo se acelera con la electricidad, crece en las honduras del pecho retrepando hasta la garganta". Los personajes de Arit sólo se tocan entre sí por sus peores polos y frustración y su propio infierno particular-colectivo: en sus personajes señorean el crimen, la abyección, la traición, la locura. Y sin embargo, o por lo mismo, deliran ensoñaciones que los redimen, convirtiéndolos casi en dioses: "El hombre vivirá en plena etapa de milagro y será misionero de fe. Durante las noches proyectaremos en las nubes, con poderosos reflectores, la entrada del justo en el cielo. Y un ángel con alas rosas se detiene ante la verja del Paraíso, y con brazos abiertos recibe al Justo, al hombre de pueblo, con sombrero abollado, larga barba y garrote..." El ángel de Arit nada tiene que envidiar a los de sus predecesores. Aunque es muy probable que, entre un seráfico batir de alas, harto de la humana mezquindad, prorrumpa de pronto en un artiano improperio: "Raja, turrito, raja..." |