Por Edgar Bayley
(Daniela, Argentina).- Cada vez es más difícil concebir una vía real para la pintura, cada vez es más difícil priorizar, de manera
excluyente, determinadas combinaciones cromáticas, tonales, cinéticas, de forma, línea, luz, vibración, ritmo, materia, escritura o signos, así como propiciar, desde otros puntos de vista, un planteo constructivo o abierto, abstracto o representativo. Además, hay motivos para pensar que pierden predominancia las actitudes y concepciones globalizantes, pues parecería que el artista quiere hoy, antes que nada y al margen de cualquier intencionalidad colectivamente asumida, defender su autonomía creadora y, con ello, la libertad y dignidad para sí y para los otros. Rechaza, en consecuencia, la actitud totalizante, homogeneizadora, omnicompresiva, adoctrinante, sectaria, imperativa y sistemática, y afirma la heterogeneidad, la diferenciación, la multiplicidad de sentidos y las innúmeras formas de experiencia visual y de vida, que pueden sustentar una composición plástica.
En consonancia con ésta y otras razones convergen, en las pinturas y grabados de Stella Vergara, tanto los recursos y exigencias provenientes del lenguaje de la visión como del dominio onírico y la asociación libre. Su visualidad, si bien se hace lenguaje y se cumple como tal, no por ello renuncia a convertirse en una propuesta de actividad poética, que apela a todos los aportes de la pintura más reciente- y de la más antigua-, al mismo tiempo que las motivaciones originadas en el sueño y en lo imaginario. Se trata, en suma de una incitación, a dejar que una visualidad nos torne cómplices en una aventura de creación, en una voluntad de hacer posible otro mundo que éste en que vivimos.
Más allá de la sostenida lucidez, del rigor y el porque sí, de la voz propia, de la alegría y la desdicha, de la organicidad y el desarreglo, de la elección y el asombro, la obra de Stella Vergara se descubre, queda en descubierto, cuando quien mira desde esa obra se encuentra con quien mira y ambos se reconocen en una misma vocación de
sentido. De este modo, esas pinturas y esos grabados —apuesta, salto mortal, en el momento de su arranque como obras— alcanzan su plenitud y su logro por la conjugación de la alarma y la esperanza, del color y su límite, de la línea y la espontaneidad, de la visión y su apoyo, de la intrepidez y la solvencia. Puede nacer de esta manera una revelación, un mundo que deviene. Es un reino nuevo donde formas y colores se cargan de significado, sin que sea menester explicación alguna. Es como si el lenguaje visual se trascendiera a sí mismo para convertirse en una experiencia vital compartida. Este universo de imágenes nos recata, nos vuelve a una tierra imprescriptible.
Aquella zona de color, esta luz, esa transparencia, la imagen apenas insinuada, oscilando entre el juicio y la energía, la construcción y el encanto ¿no nos invitan a participar en un espacio y en un instante de privilegio?